Miriam Sanchez

Miriam Sanchez

About Miriam Sanchez

Tenía 18 años, era un chico tímido, acomplejado, con granos en la cara y para nada me consideraba un chico que pudiera atraer a las chicas. No había dado el estirón aún. Me llamo Esteban, no tengo más hermanos.

Vivo en una barriada de Sevilla. Mí madre tiene 48 años, es la típica ama de casa, nunca ha trabajado, nunca se ha cuidado, está rellenita, es algo más alta que yo, más ancha que yo, tiene dos buenas tetas, grandes, pesadas y blandas. Nunca la había visto desnuda, nunca me había sentido atraído por ella, nunca la había visto como algo diferente a como debe verse una madre. Ancha, con barriga, con brazos regordetes, lo mismo que sus piernas y su culo, no podría decir que fuera una mujer que atrajera a los hombres, nunca había escuchado a mis padres follar. Mí madre se llama Rosa. Ella tiene una hermana, Ana, es mayor, igual que ella, 53 años, están las dos cortadas por el mismo rasero, aunque mí tía Ana se tiñe el pelo de rubio. Tiene un hijo, mí primo, Raúl, es más guapo que yo, tiene mejor cuerpo, pero igual de tonto que yo, y aunque más guapo y más entrantes con las niñas, siempre estaba vacilando que se ligaba a las niñas del instituto, sabía que no podía competir con algo que tenía yo y él no tenía, por mucho que quisiera hacer comparaciones. Mí polla era más grande que la suya, más gorda y más larga. 

Vivo en un bloque de pisos, en el mismo rellano vive Soledad, otra marujona como mí madre, esta mujer es mayor, debe ser incluso mayor que mí tía Ana. Tiene que rondar los 59 años. Igual de grande que mí madre, pero Soledad está mucho más gorda, tiene una barriga grande, sus tetazas descansan encima de la barriga, siempre se está riendo, se la escucha nada más entrar por el portal, sí mí madre no está en mí casa, está en la suya, y sí Soledad no está en su casa, es que está en la mía. Soledad tiene una hija, Candela. Candela tiene 28 años, es enfermera.

Candela había sido la musa de algunas de mis pajas, había tenido la suerte de verla alguna que otra vez en braga y sujetador. Me había visto crecer, y no es que me considerara un hermano, pero como siempre estábamos juntos, había conseguido que fuera invisible para ella, y eso me había permitido verla, tenía dos tetas grandes, inmensas, bien puestas, como la madre, una cintura estrecha y caderas grandes, tenía lo que se llaman cartucheras, eso afeaba ese cuerpo, pero a mi me daba igual, su culo era más bien grande, nunca la había visto con un novio formal, había tenido amigos que le habían durado algunos meses, pero no sabía de nadie con el que fuera en serio.

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Todo comenzó una tarde de verano, estaba con mí primo en mí cuarto, mí tía Ana y mí primo se venían muchas tardes a casa, no vivían muy lejos, tan solo un par de manzanas. Estaba jugando con mí primo. No éramos gays, pero uno de nuestros juegos era comparar nuestros aparatos urinarios, sobre todo a Raúl le gustaba jugar a eso, siempre quería ver sí su polla le crecía hasta ponerse igual de grande que la mía, pero incluso aunque yo no estuviera empalmado, solo con tenerla morcillona, era más grande y más gorda que la suya. Esa tarde al subirme la cremallera de mí pantalón vaquero pasó algo que iba a recordar para el resto de mí vida, primero por el dolor que me produjo y después por las consecuencia de aquel acto. Al subirme la cremallera cogí parte del pellejo con la cremallera, tuve la suerte de que solo fuera pellejo, pero el dolor que me produjo fue horroroso, los gritos tuvieron que escucharse en todo el bloque.

Tanto mí madre como mí tía vinieron corriendo, yo por la vergüenza que me producía no quería mostrarle mí polla, pero moviéndome el dolor era insoportable. Al final no tuve más remedio que enseñarle a mí madre y mí tía lo ocurrido, mí madre estaba nerviosa, creo que en ese momento no pudo pensar lo que tenía delante, no así mí tía, su cara era diferente, tenía la boca medio abierta, no decía nada, solo miraba con los ojos bien abiertos. Aunque yo pensaba que era debido a la impresión. Mí madre intentaba bajar la cremallera, pero mis gritos llegaban al cielo, no podía bajarla, ni quitar el pellejo después de varios intentos. Mí madre dijo que iba a buscar a Soledad, que al coser ropa para la gente, pensó que debía saber que hacer en un caso así. En el momento que mí tía se quedó sola, mí primo también había salido detrás de mí madre, se acercó me pasó la mano por la frente me dió un beso intentando reconfortarme y llevó su mano a mí polla, me preguntó sí me dolía mucho, le dije que sí, aunque sí no me movían la polla, no sentía nada, mí tía me rozó con los dedos el tronco y pasó los dedos por debajo cogiéndome los huevos, sentír sus dedos en mis huevos, hizo palpitar mí polla, eso me produjo un pinchazo, y una queja por mí parte, a mí tía no se le ocurrió otra cosa que aplastar mí cara entre sus dos tetazas, fue como un calentón por parte de ella, refregó sus tetas por mí cara, eran inmensas, muy blandas, ella solo me decía cosas para tranquilizarme, pero no dejaba de refregar sus tetas por mí cara, ya sentía sus pezones duros debajo de las prendas, y sentía como mí polla comenzaba a latir más fuerte. 

En ese momento entró mí madre de nuevo, seguida de Soledad y de Candela. Me quejé, intenté taparme con mis manos, pero moverme me producía dolor.

Soledad me quitó las manos, no había dicho nada, no decía nada, Candela se había puesto a su lado, y las dos miraban mí polla, esta había dejado de latir, el corte de las dos mujeres mirando mí paquete, me había cortado. Entonces fue cuando Candela acercó su mano y me cogió la polla, me miró y sonrió, y me dijo que me tranquilizara que lo iba a solucionar, sentí su dedo empujando mí capullo para dentro de mí pellejo, en ese momento sentí las manos de Soledad hurgando la cremallera, y de un tirón bajó la cremallera, sentí un fuerte pinchazo, pero me quise hacer el hombre y no gritar. Candela no soltaba mí polla, apretaba mí capullo y la parte del pellejo que se me había pillado con la cremallera. Yo me había aplastado a las tetas de mí tía, incluso se las había apretado con las dos manos, mí tía no decía nada, sentía sus pezones duros como piedras. Nadie miraba donde estaba mí cara, todas miraban las manos de Candela, no dejaba de mover sus manos, tanto era así que mí polla comenzó a crecer, las cuatro mujeres, mí madre, mí tía, Soledad y Candela, miraban mí polla con la boca abierta, el único que creo que por coraje se había salido del cuarto era mí primo.

Candela tiró de mí pellejo dejando al descubierto mí glande, para ese momento ya tenía la polla en una buena dimensión, no estaba dura del todo, pero quedaba poco, Candela la estiró, mirando por la parte de debajo, recorrió con sus dedos mí tronco y por fín dijo que todo estaba bien, que seguramente me dolería unos días, pero que no se veía nada anormal, le dijo a mí madre que me la mirara por la noche, para ver sí se ponía morada o salía algún hematoma, pero que nada más. Yo seguía agarrado a las tetas de mí tía, nadie se había dado cuenta, y mí tía seguía estrujando mí cabeza contra ella. Cuando Candela me soltó, tanto mí madre como Soledad seguían mirando mí polla con la boca abierta. Tuvo que ser ella quien les dijera a las tres que me dejaran solo, que se me pasaría. Fue como despertar, mí tía me soltó y se alisó la blusa y Soledad y mí madre cerraron las bocas se miraron las dos y salieron del cuarto dejándome solo con la polla casi tiesa. Me dolía un poco, pero después de meneármela dos o tres veces el dolor había menguado, no me iba a quedar sin polla. Todo había quedado en un susto.