Mariela Hernandez

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About Mariela Hernandez

Hola de nuevo y lo primero es desearles estén todos bien, que menuda broma por la que estamos pasando. Lo siguiente es disculparme ya que, a pesar de las numerosas peticiones por parte de ustedes, he estado un tiempo sin escribirles nada. La verdad es que las circunstancias y el poco ánimo con todo esto me lo han impedido pero ya parece voy recuperando un poco el entusiasmo. Igual tiene algo que ver lo que les paso a relatar y me ha sucedido en este confinamiento: una bonita historia de encuentro y reconciliación con mi hijo Hugo, bueno, para serles del todo sincera realmente es mi hijastro, hijo de mi actual marido y su relación anterior, pero vamos, familia lo es y en toda regla. Aunque parte de lo que les cuento al principio pueda resultarles un tanto triste les puedo desvelar que el final es muy feliz. No me atrevería a contarles ninguna tragedia y menos en estos tiempos pero también sé que todos ustedes son gente que saben apreciar los compromisos familiares y el amor entre los parientes. Paso ya a relatarles.

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Los primeros días de este maldito virus nos sorprendió, por fortuna, en nuestro hogar familiar, una bonita casa solariega en el distrito histórico de nuestra ciudad y reformada por mi marido con todas las comodidades de la vida moderna. Digo esto porque con vistas al confinamiento que nos esperaba por delante estábamos bien aislados y preparados, con amplio espacio para los tres. Los primeros días los pasamos con muchos nervios y un tanto de miedo pero al poco, ya saben que soy una mujer muy dispuesta y amiga de solucionar los problemas, tomé la decisión de mantener la moral familiar muy alta. No me pudo ir peor, como siempre. Con Hugo la cosa me iba de pena, por más que le decía que su mami estaba ahí y lo iba a proteger el muy maldito demonio me respondía de muy malos modos y a gritos “que ya estaba bien, que yo no era su madre”. Como bien saben no hay que responder a los niños con violencia y lo mejor en esos casos de perreta es hacerlo con positividad por lo que yo le respondía:

Con mi marido tampoco es que me fuese muy bien, la verdad. Ni los tacos altos, ni las ropitas de señorita puta ni las prácticas de todo lo que aprendí gracias a mi sobrino servían para que se le endureciera la moral a mi maridito, tan mustio estaba. Yo ya no sabía qué hacer para mantener bien en alto el pabellón del optimismo en mi familia hasta que un día el Señor, que es todopoderoso, me envió una señal en forma de estornudo. No de EL, válgame a mi blasfemar, sino de mi marido quiero decir. Sobre la marcha le empaqueté su maleta y lo convencí que lo mejor sería pasase el confinamiento él solo en nuestro apartamento de la playa, evitando así cualquier posible contagio a su familia. Allí que se fue más contento que unas pascuas dejándome a mi todo el tiempo del mundo para reconducir la relación materno filial con mi hijo.

Una mujer decidida es bueno, pero una mujer decidida y con un plan es aún mejor. Y esa era yo, dispuesta a que, como siempre, esta vez no saliesen mal mis anhelos. Lo primero era entender el malestar de mi hijo, cosa que yo por más vueltas que le daba no alcanzaba a comprender, pero claro, es bien sabido por todos que los 22 es una edad muy mala en los nenes. Por ello decidí me viese más cercana a él y no con esos pijamas y batas de señora mayor que llevaba puesto los primeros días. Decidí convertir a la señora de 45 años que soy en una chavalita de 20. Apañadita que es una encontré el look con el que sin duda acabaría por conectar con mi hijo, rompiendo esa fría barrera generacional que nos separaba. Un short rosa de nylon, de esos ochenteros, que aunque se me apretaba en mi hermoso pandero y en el chochete no me quedaba del todo mal.  Una camiseta de tiros ajustadita con gran escote, pero no os creáis, muy decente porque llegaba justo hasta taparme los fresones de mis tetis. Eso si, por los laterales no se aguantaban bien y dejaba ver gran parte de estos enormes tetones que me gasto. Sin pena, claro, porque ¿acaso no saben que las chicas actuales visten así?. Pues eso que digo. Finalmente unos buenos tacos de aguja y a recuperar a mi hijo. ¿Qué si tuve éxito?. Desde el minuto uno, nada más verme me dio los buenos días….¡DESPUES DE TRES DIAS SIN DIRIGIRME LA PALABRA!. A partir de ahí les reconozco que el proceso fue lento y aunque lo tuve todo el santo día como una mosca rondando la miel la cosa fue dura. Primero porque ya saben que, aunque me gustan mucho (más a mi marido), me cuesta andar con tacos altos. Hacen que camine como un patito mareado e intentando equilibrarme todo el rato: el culo hacia fuera, las tetonas hacia adelante y botando como locas, en fin, una calamidad y como dice mi esposo con un andar muy guarro, cosa que sinceramente no sé a qué se refiere. La otra cosa es que mi hijo no paraba de ir al baño, que preocupación tan grande, ¿estaría enfermo?. Una madre es una madre y aprovechando uno de sus viajes al aseo entré por sorpresa y… fin del misterio. Mi hijo, en la ducha estaba…. como les digo, ¿dándole al manubrio?, ¿jalando su cosota?, para que me entiendan bien y perdonen la ordinariez: estaba pelándose su enorme nabo. Pero la cosa no termina ahí, no que va, nada más verme aparecer por la puerta eyaculó de tal manera que un enorme manchurrón blanco se estampó por toda la mampara de la ducha. Como alma que lleva al diablo salí disparada. Por supuesto que yo no tenía la culpa de aquello. Sin duda, al verme así vestida, se acordaría de alguna novieta o algo y entre eso y el confinamiento el pobre estaba con sus necesidades a flor de piel. Angelito lindo, mi niño.

El resto del día mi hijo lo pasó con aire compungido, pobrecito, y yo dándole vueltas al asunto muy nerviosa. Y ya saben que pasa cuando me pongo así, que se me moja mucho el chichi. Llegada la noche, y mi hijo en su cuarto, me fui yo también a la cama pensando en una solución a todo aquello con mi chochito como un mejillón enlatado, por los nervios, no vayan a pensar. ¿Acaso como buena madre debería yo aliviar el tormento de mi hijo?. Tal vez si su madre le hiciese una pajita acabaría por solucionar sus problemas pero, no, ni loca. Eso estaba bien con un sobrino, un primo o incluso con un tierno abuelito. Un hijo no, eso está muy pero que muy mal, una madre tiene el deber de llegar más allá con su propio hijo. Decidida me levanté y desnuda como estaba llegué hasta la puerta del dormitorio de Hugo pero algo no me convencía del todo. Que simple soy a veces, se me había olvidado por completo el momento por el que pasábamos, así que corriendo volví a mi dormitorio para tomar precauciones. Me coloqué una mascarilla y, de paso, unos tacos bien altos. De vuelta de nuevo abrí la puerta  y allí que me planté brazos en jarras.